En medio de la noche negra, con la penumbra como compañera se desarrolla el nacimiento de un ser abyecto de toda la humanidad, un desagradable, un sabio tal vez o quizá un filósofo olvidado y retraído entre sus múltiples pensamientos.
Finamente ornamentado con las más selectas desdichas del mundo, ataviado por el fango de la ira y calcinado por la lucha contra el dolor, caminaba entre los escombros y las cenizas de sus hilarantes destellos de lucidez, los cuales traían consigo un estupor fatídico, como si la misma muerte fuera quién le arropara.
Sus brazos descarnados y desgastados por las antiguas batallas sujetaban con mucha fuerza un par de sacos, en los cuales yacían las almas más impetuosas y embriagadas de rabia, ira, destrucción, podredumbre y una ristra interminable de malos augurios en su interior.
Las garras que traía por manos estaban sumamente afiladas, como si para desollar hubieran sido creadas, en efecto, el objetivo de éstas era descarnar la vida de los seres que sin deseos de vivir derrochaban sus fuerzas y su empeño en acercarse a su tumba.
Con la más burda de las miradas, aquella alma se empecinaba en enfurecer más aún a las bestias mortales que a rastras venían con sus pasos; el paisaje era lúgubre y pesaroso, la sangre adornaba enormemente cada cavidad del sendero que aquella bestia recorría.
En la brusquedad de sus gestos, las almas que a su paso iba encontrando se sentían abrumadas y asustadas, pocas eran las que sentían entusiasmo al mirarle caminando sobre el arroyo de la vida. Los alaridos de este gran demonio turbaban a vivos y muertos, causando dolores indecibles en los corazones de todos los seres que había en ese valle.
Inundado de melancolía por no recordar más la sensación de dolor, de sus ojos que como dragones custodiaban su alma, exhalaba con su hocico unas largas lenguas de fuego que reducían a polvo todo lo que con su luz alumbraran. Controlada la sensación de amnesia ante la catástrofe que delataba su naturaleza, prosiguió caminando en búsqueda de un alma podrida y rechazada para completar su colección de inmundicia.
Aullando a la noche como un lobo herido, hacía acto de presencia en las casas más humildes y ostentosas que el valle le pusiera enfrente, buscando entre las pertenencias espirituales de cada uno de los habitantes un vestigio de color carmín que por su esencia delatara a un asesino o a un agresor.
Con las patas puestas sobre los pies de las camas buscaba entre los adormilados un ser despreciable que hiciera de si una victoria más para la bestia, un alma que desgarrada y triturada por los embates del tiempo, el odio o la distancia, saciara su sed de sangre. Así casa por casa, cama por cama buscaba incansablemente la liberación de su ira en un cuerpo inerte que con una buena fluctuación de rabia desparramada vertiera sobre otro cuerpo el veneno de la muerte.
En su avance, descubrió postrado en un lecho nada ostentoso un ser de bastas proporciones, sumido en el más profundo de los sueños, su aspecto era el de un hombre, con barba un tanto crecida y desaliñada, con su olfato percibió el tenue perfume que la sangre deja cuando brota de las arcas de la vida, los demonios que por ojos tenía notaron en su cuerpo las marcas de la ira, de la furia, de la locura y de la lujuria. Tenía una vida corta y muy tormentosa, se expresaba de manera elocuente para endulzar los oídos pulcros y sensibles que sus palabras tocaran, sus labios eran hábiles y su lengua astuta, su cuerpo aunque un tanto descuidado presentaba las pruebas necesarias para constatar que era un macho dominante.
La bestia le miró fijamente, como clavando puñales por la espalda a un acérrimo enemigo, he aquí que el durmiente salió del trance de ensueño en el que reposaba su ser y de un salto se puso en pié frente a la besta exclamando con un grito ensordecedor -detente, le dijo, la bestia que sin aparente compasión se desplazaba a lo largo del valle hizo su forma como humana y se irguió sobre sus patas traseras y con un alarido brutal cuestionó a su víctima -¿qué deseas antes de hacerte partir conmigo?, el asustado hombre le dijo -¿olvidas algo?, la bestia respondió – espero que no.
Se vieron pronto inmersos en una batalla en la que la desnudez del hombre dejaba expuesta cada parte de su cuerpo, sus movimientos no eran ágiles como los del demonio que le atacaba pero los libraba con virtud y gracia, la bestia intentaba asestarle cortes mortales en la caja torácica pero el individuo escapaba de ellos.
La bestia ya furiosa se encendió en llamas y el calor de su energía inundaba el recinto que había profanado, como si la fricción de sus patas sobre el suelo de la habitación no causara suficiente calor. Mostraba la bestia sus fauces inclementes y aullaba con el sonido de las catástrofes universales, exponiendo sus intenciones. El ser que iba a ser devorado se aferró de manera firme y fuerte al hocico de la bestia y con sus pies le propinaba coses en las costillas tratando de disminuir su furia, sin embargo, las fuerzas de la bestia se hacían cada vez más indómitas e incontrolables, daba tumbos queriendo deshacerse de aquel parásito que se había adherido a su vientre.
En esos instantes de desesperación el individuo pensaba y oraba con todas sus ganas para poder vencer a su atacante ya que sus esfuerzos físicos no surtían efectos, sufrió rasguños de profundidad considerable, sus manos, su rostro, su pecho y su cuerpo en general estaban ya quemados por abrazar el fuego que de la bestia emanaba.
Hasta que su espíritu y su alma se abatieron sus manos perdieron fuerza y cedieron ante el ímpetu de la fiera que con el hocico y sus garras desolló a su víctima arrancándole el alma para introducirla en el saco de los desafortunados.
Así la bestia cobró una más de sus deudas y salió de allí con una batalla agotadora pero el triunfo entre sus garras, su esencia aún no está saciada y sus sacos todavía no están llenos, aún se haya rondando de cama en cama por el alma fría de otra persona más. A lo lejos en el horizonte se ve su silueta que viste de colores cálidos el crepúsculo de los días solares.






