Aullando desesperada la bestia se dolía de sus heridas, la batalla que está librando es una de las más feroces en toda su existencia. Maldecía su suerte, sus garras, los demonios que invocaba y todo su pasado. Tenía remordimiento, odio y rabia contenidos en todo su ser, la desesperación que causa la incertidumbre le estaban causando estragos en su poderoso cuerpo.
Sus lagrimas carmesí bañaban su rostro como si de arroyos que cubren una brecha se tratara, adolorida del alma y abatida de espíritu la bestia seguía feroz aullándole a la luna, como suplicando que su poder recubriera su brutal armadura. Había ya perdido dos de sus garras en la pelea y sus brazos putrefactos desfallecían ante cualquier intento de defensa.
Su hocico ya no era poderoso y tampoco parecía tener tan afilados los colmillos; la bestia se retorcía, casi vencida, como que sus minutos estaban contados, los demonios de sus ojos estaban enardecidos y su mirada era cada vez más furiosa y penetrante.
Su enemigo, una bestia igual de poderosa estaba de las mismas proporciones, con los mismos artilugios y las mismas garras briosas y fieras, su homólogo le seguía embistiendo con una fuerza descomunal y la bestia se quejaba y se dolía casi agonizante, de pronto descubrió que peleaba contra ella misma y por tal motivo le resultaba tan difícil vencerse.
No hay nada en ella que le ayude, tampoco tiene compañeros, la bestia es única por sus características, por su fuerza brutal y su furia descomunal, alejada del reino de dios por voluntad propia, sin arrepentimiento, pero con todo el dolor de una vida tras otra acumulados en su interior.






