Defkron ha perdido una batalla ante sí mismo y vuelve dolido de sus heridas hasta su guarida, hasta la tumba pestilente en la que aguarda para sus cacerías, con las garras destruidas, con la piel hecha jirones, con cada parte de sí humillada y abatida. Arrastrando la pata derecha por un profundo zarpazo, caminaba aullando de dolor.

En el camino, alzaba su aullido hacia su espíritu guía, un poderoso ser que le aconsejaba sobre dónde, cómo, cuándo y dónde atacar. Sin duda ese espíritu tenía una astucia increíble y le podía guiar sin que la bestia cayera calcinada, víctima de sus propias lenguas de fuego.

Al llegar, casi muerto y tirándose de un sólo golpe hasta su roca, su olfato grandioso le hizo percibir un aroma que jamás pensó en tener presente nuevamente en su existencia, ya casi sin fuerza y con la vida y el cuerpo abatidos, Defkron se arrastró hasta aquel aroma tan delicioso con tal impaciencia que sus patas parecían cobrar un poco de fuerza.

En un rincón oscuro encontró un hada graciosa, un hada a la cuál él había apartado de su vida, ésta, sin temor a ser herida nuevamente, se acercó sin cautela hacia la bestia, le acarició el hocico y posó sus manos frágiles sobre la piel lastimada de éste, besó sus garras con una delicadeza sublime y se acurrucó en su regazo sabiendo que no sería lastimada.

La bestia lamió su rostro, y en una mirada le expresó la gratitud que hacía mucho no sentía por nadie más, olfateó su perfume y se regocijó en él hasta que su ansiedad quedó saciada, todo el dolor y la frustración de Defkron por haber perdido aquella batalla fue reducida a cenizas al saber que aún había alguien orgánico en quién confiar: Su gran hada mágica.

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