Bajo la luz del sol, salió de su caverna rebosante de fuerza, recapitulando, había salido nuevamente sano y reconstruido, esperó varias lunas a que su cuerpo sanara de la última y brutal batalla, tenía las patas fuertes y sus garras afiladas nuevamente, su hocico tenía cicatrices y su pelo brillaba nuevamente, se le veía un tanto flaco y descuidado pero con fuego en los ojos, había encontrado nuevamente dentro de si mismo, la pasión que le hacía hervir la sangre.

Aspiró fuertemente y comenzó a extender sus patas, en dirección a una montaña escarpada, sin razón aparente iba olfateando el suelo que con mucha fuerza atravesaban sus patas, dejando huellas casi permanentes, levantaba la mirada hacia el horizonte, aunque su s pasos no cambiaban la dirección, al pasar por ahí mató de un tarascado a un conejo y lo devoró sin demora, arrancaba partes de su cuerpo lamiendo las gotas de sangre que de su hocico iban cayendo al suelo.

Aquel ser indeseable llegó tranquilamente a la colina áspera y fría que había divisado desde su guarida, comenzó a saltar poco a poco entre cada una de las rocas, sin temor a lastimarse por tal acción, la cumbre estaba aún muy lejos y sus ánimos muy frescos como para derrotarse por tan breve travesía, gruñía y se aferraba a los trozos de roca que sustentaban su asenso, jamás retrocedió la mirada, estaba decidido a escalarla y llegar a la cumbre; el propósito no estaba develado aún, pero pronto podría tenerlo presente para escudriñarlo.

La bestia encontró en su camino un paraje donde los rayos del sol no quemaban su lomo y la temperatura era fresca y el ambiente agradable, se recostó en el suelo y comenzó a mirar el camino recorrido, había sido una dura jornada y de no ser porque sus ánimos estaban completamente renovados y su se de sangre era tanta que no podía quedarse más en su cueva que no le pareció más que un camino un tanto dificultoso pero hasta donde estaba en ese momento, cada montículo de rocas había merecido la pena. Continue reading »

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Hace tanto tiempo que no veía el barrio, la gente que me conoce desde toda la vida, caras nuevas de gente que llega por primera vez a esta colonia, los niños que ahora ya son adolescentes, las adolescentes que ahora son madres, los tenderos de las tiendas a las que mas de una vez les surtí mercancía y en las que mas de una vez fui cliente.

Los antiguos amigos ya con una vida mas solida. La sociedad en la que me crié, mi familia, mis hermanos de esquina. Los negocios legales de servicios y todas aquellas cosas que de pronto hago a un lado hoy me recuerdan lo pocamadre que viví en esos años. Ver tanto dolor encerrado en las miradas férreas que saludan con un gesto amable y una mentada de madre a este hombre que salió de ese entorno para ser una persona mejor.

Los carnales de vicio que hoy son como cadáveres semiconscientes de su realidad y apenas pueden distinguir entre la gente un rostro que les parece familiar. Halle también un antiguo compañero de armas que acaba de salir de un penal, contándome su gran aventura al ser apresado y uno que otro martirio que sufrió dentro de esas paredes.

Penas, dolores, llanto y alegría todos fundidos en los rostros invencibles de la gente, la gente del barrio que nunca olvida quien es y aunque existe quienes de manera mas afortunada que yo han logrado cosas mayores, siguen siendo humildes, sencillos y ahora mas piadosos que antes.

Ser de una buena familia y tener una buena educación es lo que muchos quieren, tener una vida mejor es por lo que todos trabajan, algunos lo logran y otros como yo día con día morimos en la raya, viviendo el presente con único objetivo de un futuro mejor.

No huir y siempre esforzarte por las metas, lo aprendí en varios lugares, el primero fue en casa, de la mano de un gran hombre al que llamo padre, el seguro lugar que lo aprendí fue en el barrio, con gente que no olvida jamás quien es y de donde viene, a quienes la pobreza y la carencia no les asusta, porque son valientes y tenaces, no les importa morir pobres en un cuarto rentado con menos que lo indispensable para estar, a ellos como a mi, nos interesa no rendirnos. Jamás dejarnos abatir. Eso aprendí en el barrio, con la gente que bien podría fundar un ejercito completo.
Ese es mi barrio.

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Naville y Defkron hicieron de su camino una brecha más o menos estable, durante muchas lunas caminaron juntos, Naville aguardaba sigilosa en la cueva, haciendo lo que mejor hacen las hadas: divertirse, esperando a que la bestia saciara su sed y ansiedad de almas y sangre.

En algunas lunas, el hada y la bestia se hacían un mismo ser, estallando un universo de sangre y energía en que las estrellas se humillaban por no brillar con tal intensidad absoluta. Un hada y una bestia, unidos por el alma en una sola carne, curiosa escena. Tal era la unión de estas criaturas, que a veces la bestia adquiría unas alas escabrosas que el hada había logrado crear para éste, así, deambulaba por los valles causando calamidad y destrucción.

Un día, la bestia incitada al furor por su nefasto origen perdió el olfato y atacó brutalmente a su hada compañera y amiga, con sus garras destrozó sus alas y con sus agudos colmillos laceró su frágil cuerpo; Naville, seriamente herida huyó del seol donde Defkron habitaba y se prometió no volver jamás.
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De la provincia de Kahuri, región perteneciente al reino de la mágia universal, habitaba una colonia de hadas, los más perfectos seres sobre la faz de la tierra, llenos de gracia e inocencia, perfeccionados por la evolución abrupta a la que eran forzados por sus antiguos y sus maestros.

El hada, de nombre Naville provenía de dicho reino lejano y misterioso, donde sólo las más bellas hadas podían sobrevivir ya que eran sometidas a difíciles pruebas, talento, inteligencia, fuerza mental, magia y acrobacia entre otras.

Aquél ser de encantos inmesurables, un día salió en búsqueda de la aventura, dejó lo que tenía detrás para ir en la búsqueda de su destino, recorrió sinuosos caminos de dolor, de ira, de destrucción y de odio, pensando que pararía de sufrir lanzando un conjuro mortal ante sus agresores, pero no fue así, Naville fue clemente ante ellos y les dio el regalo más valioso: la vida.

Durante una jornada cualquiera, Naville encontró en su camino a la bestia y con cierta mesura revoloteó sobre ella y le dijo –Pide un deseo, hoy tengo ganas de hacer feliz al primer ser que se cruce por mi camino y ese eres tú.

La bestia, quién a pesar de que ya tenía germinada y bien plantada la semilla del odio no dudó en hacer manifiesto su deseo — amor, le suplicó con un ladrido lastimero; el hada le regaló una compañera quién hizo de la bestia una criatura antropomorfa y cuidó de ella. Un día, la compañera que Naville había obsequiado a Defkron se unió con el universo y éste se llenó de dolor y resentimiento.

Naville quién a lo lejos escuchaba los lamentos de la bestia, fue rápidamente en búsqueda de ésta y vió como nuevamente se tornaba en forma de lobo, miró la mutación de sus garras y como su lomo se cubría de pelo, así también admiró a la bestia en la más potente de sus etapas, la bestia tenía de nuevo demonios por ojos y garras por manos.

El hada grandiosa se acercó a Defkron y con un suspiro le dijo: He aquí que estoy contigo, no me importa lo terrible que haya en ti, soy contigo, he encontrado en ti, lo que estaba buscando: mi destino.

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Defkron ha perdido una batalla ante sí mismo y vuelve dolido de sus heridas hasta su guarida, hasta la tumba pestilente en la que aguarda para sus cacerías, con las garras destruidas, con la piel hecha jirones, con cada parte de sí humillada y abatida. Arrastrando la pata derecha por un profundo zarpazo, caminaba aullando de dolor.

En el camino, alzaba su aullido hacia su espíritu guía, un poderoso ser que le aconsejaba sobre dónde, cómo, cuándo y dónde atacar. Sin duda ese espíritu tenía una astucia increíble y le podía guiar sin que la bestia cayera calcinada, víctima de sus propias lenguas de fuego.

Al llegar, casi muerto y tirándose de un sólo golpe hasta su roca, su olfato grandioso le hizo percibir un aroma que jamás pensó en tener presente nuevamente en su existencia, ya casi sin fuerza y con la vida y el cuerpo abatidos, Defkron se arrastró hasta aquel aroma tan delicioso con tal impaciencia que sus patas parecían cobrar un poco de fuerza.

En un rincón oscuro encontró un hada graciosa, un hada a la cuál él había apartado de su vida, ésta, sin temor a ser herida nuevamente, se acercó sin cautela hacia la bestia, le acarició el hocico y posó sus manos frágiles sobre la piel lastimada de éste, besó sus garras con una delicadeza sublime y se acurrucó en su regazo sabiendo que no sería lastimada.

La bestia lamió su rostro, y en una mirada le expresó la gratitud que hacía mucho no sentía por nadie más, olfateó su perfume y se regocijó en él hasta que su ansiedad quedó saciada, todo el dolor y la frustración de Defkron por haber perdido aquella batalla fue reducida a cenizas al saber que aún había alguien orgánico en quién confiar: Su gran hada mágica.

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Aullando desesperada la bestia se dolía de sus heridas, la batalla que está librando es una de las más feroces en toda su existencia. Maldecía su suerte, sus garras, los demonios que invocaba y todo su pasado. Tenía remordimiento, odio y rabia contenidos en todo su ser, la desesperación que causa la incertidumbre le estaban causando estragos en su poderoso cuerpo.

Sus lagrimas carmesí bañaban su rostro como si de arroyos que cubren una brecha se tratara, adolorida del alma y abatida de espíritu la bestia seguía feroz aullándole a la luna, como suplicando que su poder recubriera su brutal armadura. Había ya perdido dos de sus garras en la pelea y sus brazos putrefactos desfallecían ante cualquier intento de defensa.

Su hocico ya no era poderoso y tampoco parecía tener tan afilados los colmillos; la bestia se retorcía, casi vencida, como que sus minutos estaban contados, los demonios de sus ojos estaban enardecidos y su mirada era cada vez más furiosa y penetrante.

Su enemigo, una bestia igual de poderosa estaba de las mismas proporciones, con los mismos artilugios y las mismas garras briosas y fieras, su homólogo le seguía embistiendo con una fuerza descomunal y la bestia se quejaba y se dolía casi agonizante, de pronto descubrió que peleaba contra ella misma y por tal motivo le resultaba tan difícil vencerse.

No hay nada en ella que le ayude, tampoco tiene compañeros, la bestia es única por sus características, por su fuerza brutal y su furia descomunal, alejada del reino de dios por voluntad propia, sin arrepentimiento, pero con todo el dolor de una vida tras otra acumulados en su interior.

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“Dekfron, la bestia”

Versan los antiguos de las tierras sedentarias que la serenidad y la búsqueda de la felicidad deben ser constantes y jamás rendirse ante las adversidades, en sus relatos expresan la siguiente leyenda.

El acceso desde el sol ha sido abierto y este es el camino que andará la bestia siempre errante saciando sus necesidades de venganza, su sed del elixir carmin que da vida a los seres más despreciables y repugnantes que en un somero compás dicen amar.

Temible es el engendro de una inteligencia incalculable que emite un alarido apasionado y febril y eriza hasta la piel de los valientes caballeros de dios. Con sus garras va haciendo surcos en el lúgubre sendero que conduce de su cripta hasta la superficie.

Por sus grandes colmillos se le ha reconocido, por sus encías sangrantes es temido, por el veneno de sus ojos se le teme y se le respeta. Ángeles y demonios se retiran de su camino cuando atraviesa la tierra o los cielos. Del mundo de los muertos se componen sus huesos, de una gota de sangre divina obtuvo su vida, de su propia necesidad de subsistir obtuvo fuerza.

Postrado en una pieza única de metal frío antes de perecer por la inclemencia de la vida que llevó, recordaba alegremente los momentos de felicidad que tuvo y que jamás pudo disfrutar plena e intensamente.

Su alma corrupta por la carencia de paz se turbó tanto que le orilló a entregarse a los más terribles placeres, mientras por su causa fallecían miles mientras trataba de llenar el vacío de su corazón.

Ya con la muerte a unos cuantos metros de él, juró no descansar hasta allanar cada morada de los hombres y terminar mediante la furia, la venganza y el odio, todo aquél ser que siguiera sus pasos.

Su condena es de tales magnitudes que noche a noche visita en 4 patas los sueños de los vivos, les hace el regalo más hermoso del universo, les recuerda que el tiempo se esfuma y la vida se les escapa de las manos siempre que se preocupan demasiado.

Tiene motivos para irse y también los tiene para no partir jamás, ha dado vueltas al mundo entero aniquilando la muerta que precede los actos de avaricia y rencor, ha dado vida a los sueños más prometedores y fuerza a los que por su falta de entereza pierden todo.

Esta bestia que siempre ronda de noche y a veces de día, se llama DEKFRON y procede de la naturaleza humana y de un toque de dios, cuida y alimenta la vida, aunque su apariencia no es tan buena como cuando vivía, la intención que da motivos a sus actos es la más sublime de todas: enseñar como vivo ejemplo, lo que la falta del amor y felicidad causan en un ser humano.

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En medio de la noche negra, con la penumbra como compañera se desarrolla el nacimiento de un ser abyecto de toda la humanidad, un desagradable, un sabio tal vez o quizá un filósofo olvidado y retraído entre sus múltiples pensamientos.

Finamente ornamentado con las más selectas desdichas del mundo, ataviado por el fango de la ira y calcinado por la lucha contra el dolor, caminaba entre los escombros y las cenizas de sus hilarantes destellos de lucidez, los cuales traían consigo un estupor fatídico, como si la misma muerte fuera quién le arropara.

Sus brazos descarnados y desgastados por las antiguas batallas sujetaban con mucha fuerza un par de sacos, en los cuales yacían las almas más impetuosas y embriagadas de rabia, ira, destrucción, podredumbre y una ristra interminable de malos augurios en su interior.

Las garras que traía por manos estaban sumamente afiladas, como si para desollar hubieran sido creadas, en efecto, el objetivo de éstas era descarnar la vida de los seres que sin deseos de vivir derrochaban sus fuerzas y su empeño en acercarse a su tumba.

Con la más burda de las miradas, aquella alma se empecinaba en enfurecer más aún a las bestias mortales que a rastras venían con sus pasos; el paisaje era lúgubre y pesaroso, la sangre adornaba enormemente cada cavidad del sendero que aquella bestia recorría.

En la brusquedad de sus gestos, las almas que a su paso iba encontrando se sentían abrumadas y asustadas, pocas eran las que sentían entusiasmo al mirarle caminando sobre el arroyo de la vida. Los alaridos de este gran demonio turbaban a vivos y muertos, causando dolores indecibles en los corazones de todos los seres que había en ese valle.

Inundado de melancolía por no recordar más la sensación de dolor, de sus ojos que como dragones custodiaban su alma, exhalaba con su hocico unas largas lenguas de fuego que reducían a polvo todo lo que con su luz alumbraran. Controlada la sensación de amnesia ante la catástrofe que delataba su naturaleza, prosiguió caminando en búsqueda de un alma podrida y rechazada para completar su colección de inmundicia.

Aullando a la noche como un lobo herido, hacía acto de presencia en las casas más humildes y ostentosas que el valle le pusiera enfrente, buscando entre las pertenencias espirituales de cada uno de los habitantes un vestigio de color carmín que por su esencia delatara a un asesino o a un agresor.

Con las patas puestas sobre los pies de las camas buscaba entre los adormilados un ser despreciable que hiciera de si una victoria más para la bestia, un alma que desgarrada y triturada por los embates del tiempo, el odio o la distancia, saciara su sed de sangre. Así casa por casa, cama por cama buscaba incansablemente la liberación de su ira en un cuerpo inerte que con una buena fluctuación de rabia desparramada vertiera sobre otro cuerpo el veneno de la muerte.

En su avance, descubrió postrado en un lecho nada ostentoso un ser de bastas proporciones, sumido en el más profundo de los sueños, su aspecto era el de un hombre, con barba un tanto crecida y desaliñada, con su olfato percibió el tenue perfume que la sangre deja cuando brota de las arcas de la vida, los demonios que por ojos tenía notaron en su cuerpo las marcas de la ira, de la furia, de la locura y de la lujuria. Tenía una vida corta y muy tormentosa, se expresaba de manera elocuente para endulzar los oídos pulcros y sensibles que sus palabras tocaran, sus labios eran hábiles y su lengua astuta, su cuerpo aunque un tanto descuidado presentaba las pruebas necesarias para constatar que era un macho dominante.

La bestia le miró fijamente, como clavando puñales por la espalda a un acérrimo enemigo, he aquí que el durmiente salió del trance de ensueño en el que reposaba su ser y de un salto se puso en pié frente a la besta exclamando con un grito ensordecedor -detente, le dijo, la bestia que sin aparente compasión se desplazaba a lo largo del valle hizo su forma como humana y se irguió sobre sus patas traseras y con un alarido brutal cuestionó a su víctima -¿qué deseas antes de hacerte partir conmigo?, el asustado hombre le dijo -¿olvidas algo?, la bestia respondió – espero que no.

Se vieron pronto inmersos en una batalla en la que la desnudez del hombre dejaba expuesta cada parte de su cuerpo, sus movimientos no eran ágiles como los del demonio que le atacaba pero los libraba con virtud y gracia, la bestia intentaba asestarle cortes mortales en la caja torácica pero el individuo escapaba de ellos.

La bestia ya furiosa se encendió en llamas y el calor de su energía inundaba el recinto que había profanado, como si la fricción de sus patas sobre el suelo de la habitación no causara suficiente calor. Mostraba la bestia sus fauces inclementes y aullaba con el sonido de las catástrofes universales, exponiendo sus intenciones. El ser que iba a ser devorado se aferró de manera firme y fuerte al hocico de la bestia y con sus pies le propinaba coses en las costillas tratando de disminuir su furia, sin embargo, las fuerzas de la bestia se hacían cada vez más indómitas e incontrolables, daba tumbos queriendo deshacerse de aquel parásito que se había adherido a su vientre.

En esos instantes de desesperación el individuo pensaba y oraba con todas sus ganas para poder vencer a su atacante ya que sus esfuerzos físicos no surtían efectos, sufrió rasguños de profundidad considerable, sus manos, su rostro, su pecho y su cuerpo en general estaban ya quemados por abrazar el fuego que de la bestia emanaba.

Hasta que su espíritu y su alma se abatieron sus manos perdieron fuerza y cedieron ante el ímpetu de la fiera que con el hocico y sus garras desolló a su víctima arrancándole el alma para introducirla en el saco de los desafortunados.

Así la bestia cobró una más de sus deudas y salió de allí con una batalla agotadora pero el triunfo entre sus garras, su esencia aún no está saciada y sus sacos todavía no están llenos, aún se haya rondando de cama en cama por el alma fría de otra persona más. A lo lejos en el horizonte se ve su silueta que viste de colores cálidos el crepúsculo de los días solares.

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