Esta noche soñé que te mataba, la escena era poco trágica: tu, postrada en la cama mientras con extrema cautela me acercaba a ti, acechándote, mirando y disfrutando los pocos segundos que te quedaban de vida antes de perecer ante mi.
En tus sueños, te veías rodeada de las nubes de tierras lejanas, todas ellas acariciaban tu rostro febril como la luna llena acaricia la noche e ilumina los lugubres senderos de un bosque encantado.
Más tarde, mientras mi mente maquinaba despacio y fríamente la manera de llevarte a la muerte, un suspiro exhalabas pronunciando mi nombre. No sabías que sería la última vez que lo dirías con tal suavedad y ternura.
De entre mis ropas, -mientras contemplaba la páz que acariciaba tú ser- sacaba una daga, dorada, de mango cobrizo, con tú nombre grabado en letras de plata. Mis ojos llenos de morbo trataban de imaginar tu cuerpo desnudo y ensangrentado, tu piel hecha girones y tu cuerpo enfriándose.
Un paso más hacia ti, ya casi mueres, estaba yo al pié de la cama, contemplando por última ocasión la vida que tan fabulosamente desperdiciabas; tu aliento me causaba fatiga y desolación. No quería verte vivir más, mientras tanto, con ambas manos empuñaba la daga que atravesaría tu pecho y cual bestia salvaje desgarraría tus entrañas.
Casi de frente a ti, solté la daga y me acurruqué en tu regazo aún cálido; sentir tu corazón palpitante me provocaba a arrancarte súbitamente la vida que no merecías. Con la daga en mi mano derecha, tuve libre la otra, justo para enredar tu cuello en mi brazo, te aproximaba a mi, pero sólo fue por un breve instante.
Con vóz suave y sigilosa, en secreto murmuré Te amo… siendo ésta la frase que con más honestidad había salido de mi boca, de mi ser, de mi alma. Mi respiración se aceleró y mi pulso temblaba, pero no iba a arrepentirme, no ésta vez.
Despacio te solté de entre mis brazos y me puse de pié, te tomé por los hombros y perfilé tu cuerpo desmayado de cansancio poniéndolo de boca arriba; resististe un poco, hasta que me acerqué a tu oído y te dije: Así vas a estar mejor, moviste la cabeza aceptando que te moviera.
Accediste a mi petición, ya habías sellado tu muerte con un simple gesto y adquiriste la forma que precisaba mi locura, desabotonando rápidamente tu ropa de dormir, quedaron expuestos a mi tus senos, senos en los que un día tanto placer pude haber encontrado, esta noche, sólo encontré en ellos un lugar cómodo para hendir el arma blanca que terminaría con tu existencia vana.
Quería que sufrieras tanto dolor como fuese posible al momento de incrustar mi daga en ti que busqué el ángulo más obtuso para lastimarte por fuera y por dentro; con la daga en mis manos, encontré la posición perfecta para asesinarte.
Puse en tu pecho el frío metal y me respondiste con una sonrisa, afirmando con una voz adormilada: -Eres tú. Sí, si claro que era yo, el único al que reconocerías por su aroma o por su sombra.
Incrusté la daga cerca de tu corazón y te precipitaste en un tumbo maltrecho hacia mí, preguntándome qué estaba haciendo, con lágrimas en los ojos y la voz entre cortada, me dijiste: -Estás matándome, afirmé tu conjetura, vaya audacia mental la tuya.
Ese líquido carmesí que había al interior tuyo, comenzaba a desbordarse por la herida que te había provocado, me sujetaste fuerte de las manos, tratando de impedir mi ataque, pero sólo encontraste la furia y la pasión de un demonio aniquilándote; jajaja, ya estaba acabando con tu vida.
Mis manos, mis garras se batían de sangre y entre mayor resistencia me ofrecías, más grande se volvía mi insistencia, penetrar tu ser con un objeto puramente bélico era para mi, la gran victoria de mi vida.
Poco a poco fuiste cediendo, al verte casi desvanecida, volví a apuñalarte, el recorrido fatal de aquél metal fue desde el pecho hasta la garganta, quitándote la facultad de expresar con la voz, lo que con tu mirada moribunda me decías.
Así, pereciste en mis manos… dejaste de ser mi vida, para convertirte en tu propia muerte.
Gracias, por dejarme asesinarte.







Quedo hermoso! Me gusto bastante
Wiiiii.
Eso es lo que un hombre a veces tiene que hacer, cuando llegue el momento indicado, no podemos vivir sin ellas, matarlas no es facil, pero asi será si es necesario.
Un Abrazo mi Chingón!
Como dice un cuate wey: “hay pastillas para eso eh” jajajaja
Te paso el cel de mi terapeuta wey? jajajaja
<3
Interesante, en ocasiones en prosa.. atemporal.. Interesante